En el mundo existen tres tipos de personas:
- Los que adulan a las autoridades. Siguen las reglas al pie de letra y jamás van más allá del “deber ser”. Personas sin identidad. Que buscan el reconocimiento en los demás. Mediocres, les llamo.
- Los que cumplen. Los “tibios”. Aquellos que no siguen las letras al pide de letra, están consciente del mundo, pero no hacen nada. Parásitos, les digo.
- Los que piensan por sí mismos. Los que actúan. Quienes buscan crecer a cada momento. Cuestionar a la autoridad. No temen al rechazo de sus ideas. Son. Héroes, les llamo.
Brillantes como dos estrellas en el cielo. Así, nomás. Pa’ que hace uno más comparaciones. Para mí es la belleza encarnada, no hay más que decir. Y no porque no tenga la riqueza de vocabulario, sino porque las palabras no me son suficientes. Pero, hagan de cuenta que mi corazón es del tamaño del D.F. y lo que me provoca ella es de la dimensión de China, ¿me entienden? No puedo con ello. Es imposible.
Cuando veo sus ojos siento que podría conquistar el mundo.
Ya, con eso. Siéntanlo.
Pienso que si todo hombre sintiera lo mismo por su mujer, el mundo sería un paraíso. Tal vez suene muy pretencioso decirlo, pero creo que lo que ella me provoca podría mover montañas. Es algo indescriptible.
¿Sí me entienden?
“¿Cómo puedes estar enamorado de ella después de todo lo que te ha hecho?”, me dicen. “¿Dónde quedó tu dignidad?, ¿Cómo puedes ser tan tonto? ¡Abre los ojos! ¡Hay muchas mujeres en el mundo!”, declaran con tono de desaprobación. Todos hablan, pero nadie escucha. Ni siquiera ella.
Es muy difícil de explicarlo, pero tiene un por qué, verán: imaginen que están ciegos, no distinguen texturas, ni colores, sólo ven sombras a su alrededor. Pues así son los días, regularmente. No, no lo digo en un tono depresivo, no me refiero a que mi vida es un martirio, para nada. Imaginen que esa ceguera no es deprimente, sino, habitual. Normal, digamos. Caminan así por las calles. Ven los rostros de las personas y no distinguen sus facciones, no ven chispa en sus ojos. Siguen caminando, como si nada. No se sienten tristes, pero tampoco irradian felicidad. Hacen una llamada, o reciben un mensaje. Lo leen y ven que es ella, o escuchan que es ella, según la ocasión. Escuchan su voz y el mundo se empieza a colorear. El cielo empieza a brillar, los colores se tornan nítidos, empiezan a ver todo claro. Siguen el día como si nada. Saben que en poco tiempo la van a ver, poco a poco el corazón se acelera, el estómago se retuerce de emoción y los ojos se abren completamente, como esperando no perder de vista ningún movimiento.
Esperan, pacientemente. Intentan distraerse escuchando una canción, o leyendo sobre política. Lo que sea, pero que distraiga la mente. El tiempo pasa. Ya la vas a ver. Estás a nada de verla. La ves, y apenas cruzan miradas, el cielo se llena de fuegos artificiales, escuchas gritos de alegría. Música a todo volumen. Aquél mundo grisáceo, es ahora, un carnaval. No cabes en ti. La felicidad que sientes desborda tu cuerpo. Pero, lo ocultas, no puedes mostrarlo todo. Te limitas a un “Hola, ¡qué bonita te ves hoy!” Cuando en el fondo quisieras decirle las más dulces palabras, algo así como: “¡Alguna vez pensé que la vida no tenía sentido, después te conocí y entendí que la vida es el regalo más preciado, mientras estés tú en ella”. O algo así.
¿Me entienden? No lo creo, queridos amigos. Si lo entendieran no me cuestionarían tanto. Parecerá absurdo que me enamore día con día del alguien como ella. De una persona que no me corresponde. Lo sé, yo tampoco lo entiendo racionalmente. Pero, esto no es lógico. Es algo que no puedo controlar, amados compañeros. Esto me supera por completo. Y he decidido ya no luchar contra ello.
¿Dónde quedó mi dignidad?, preguntan. Tengan muy en mente lo que les acabo de describir, porque no es cosa de algún día, sino del diario. Esta sensación siempre está presente. Ok, cuestionan mi dignidad, pues, amigos míos, la dignidad es algo que se refiere a la autonomía humana y con su condición de ser libre. Así pues, si no poseyera esta cualidad, significaría que al ser como soy con ella, perdería mi autonomía humana. Pues no, queridos. Mi autonomía no se ve alterada en lo más mínimo. Yo elijo dar lo mejor de mí y para esto, cito a Paul Claudel: “La señal de que no amamos a alguien, es que no le damos todo lo mejor que hay en nosotros” Así, pues yo elijo conscientemente entregarle la mejor versión de mi.
Y esto, me conduce a la última de sus preguntas más comunes. “¿Cómo puedes ser tan tonto y seguir haciendo lo que haces?” Me río, señores. Tonto no soy, pero sí un loco. No tiene un sentido lo que hago, no existe coherencia con el mundo, sin embargo, estoy convencido de que esta locura es consecuencia de un amor desmedido. Para esto, tendríamos que definir lo que es amor y separarlo del enamoramiento.
Pongámoslo así: el enamoramiento es la etapa platónica de las relaciones humanas. Cuando apenas conocemos a la otra persona e idealizamos sus virtudes en nuestra mente. Es un torbellino de atracción e ilusiones. Aquí sí se requiere, totalmente de reciprocidad. Si no, considero yo, no habría un enamoramiento real.
Una vez superada esta idealización, empezamos a notar los defectos de aquella persona. Nos damos cuenta de que no son perfectos, sólo son humanos. Al contrario de lo que los románticos plantean, el amor no es ciego, sino que está basado en el conocimiento. Una vez superado el primero episodio de caprichos, obsesiones, fijaciones, delirios, esto se vuelve real, tangible. Muchos, no superamos esta parte y nos sentimos decepcionados de las personas porque “no son lo que esperábamos” Esto, queridos, no es amor.
Si hemos compartido momentos y situaciones suficientes con esa personas, hemos vivido momentos de alegría, tristeza, enojo, es decir, situaciones de real intimidad, cuando aceptamos su mal carácter, sus carencias, etc, hemos logrado avanzar al amor. Esto es lo que yo considero amor: “Amar a alguien, a pesar de conocerlo muy bien”. Yo estoy en esa etapa. Esto ya no es platónico, no es un delirio, ni un berrinche. Esto es amor puro, o más bien, puro amor. Y el amor no se cuestiona, ni se mide, sólo es.